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Estos son días de felicidad. Nos reunimos con nuestros seres queridos, les hacemos obsequios porque los amamos, tratamos de ser buenas personas, vamos por la calle y compartimos nuestra sonrisa con los extraños al pasar. En estos días felices nuestra generosidad se desborda y hacemos donativos a las ONG, la televisión no para de predicar la alegría y los buenos propósitos, todo es amor y felicidad y, sin embargo, me parece que estos días esconden mucha tristeza en realidad.

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Lo triste es que tengamos que esperar a los últimos días del año, que tengamos que decorar nuestra mesa y sentarnos alrededor de un pavo para recordar a las personas que están lejos y amarlas solamente durante el rato que dura esta cena especial. Lo triste es que tengamos que materializar nuestro amor y nuestros sentimientos con regalos; que podamos ser indulgentes, comprensivos y amables sólo durante estos días fuera de lo común. Y es que eso es lo más triste de todo: que esta magia y esta atmósfera de generosidad sean un estado de excepción y no parte de la cotidianidad de nuestras vidas.

Deberíamos aprovechar estos días para olvidarnos de la velocidad del mundo, para dejar atrás la fugacidad con la que nuestros pensamientos e intenciones aparecen y se evaporan sin dejar el menor rastro. En estos días deberíamos de comprender que no podemos materializar nuestros sentimientos en una caja de regalo y que tal vez debemos de optar por regalar lo inmaterial: obsequiémonos a nosotros mismos y a nuestros seres amados esas cosas que ninguna suma de dinero, ninguna “mastercard” pueden comprar.

Hagamos propósitos en estos días, pero no nos propongamos cosas superficiales: apuntemos hacia aquellas cosas que anhelamos de verdad y trabajemos por ellas, no las dejemos morir reventadas, efímeras como las burbujas del Champán. Usemos estos días para pensar que quizás no podemos ser amables y regalar una sonrisa o un “¡buenos días!” a nuestro vecino solamente en esta época del año… Tal vez descubriremos que nada nos cuesta hacerlo siempre, cada día, porque justamente ahí está la verdadera felicidad: en descubrir que la Navidad no tiene por qué ser un día especial.

¡Feliz Navidad!

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